Contra la ecología de guerra: geopolítica del Antropoceno

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A continuación presentamos una versión abreviada del texto elaborado por el filósofo y ecologista Paul Guillibert como prólogo al libro Contre l’écologie de guerre (Contra la ecología de guerra) de Vincent Rissier, recientemente editado en París. El filósofo analiza los desafíos filosóficos, políticos y estratégicos que se plantean para la política ecológica ante el resurgimiento de las guerras y las reflexiones sobre el imperialismo.

A principios de la década de 2020, la ecología se encuentró en el centro de las tensiones internacionales. Mientras que China se declaraba comprometida con el camino de la civilización ecológica, Trump y Putin parecían encarnar la resistencia de una coalición “fósil” decidida a no ceder ni un ápice. En este contexto ha surgido una ecología de guerra, teorizada por el filósofo Pierre Charbonnier y defendida por diversos actores, desde Raphaël Glucksmann hasta los Verdes de Marine Tondelier, pasando por la Comisión Europea.

El 3 de enero de 2026, los Estados Unidos de Donald Trump atacaron Venezuela y secuestraron a su presidente, Nicolás Maduro. Con el pretexto de una supuesta lucha contra el narcotráfico, el imperio estadounidense se hizo con el control de las mayores reservas petrolíferas conocidas del mundo. De este modo, Estados Unidos se aseguró su independencia energética para las próximas décadas [1]. El mundo se hundirá mucho antes de que el imperio haya terminado de consumir los recursos fósiles de los que dispone. Pocos días después, el gobierno estadounidense anunció su salida de más de sesenta tratados internacionales, entre ellos la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Algunos editorialistas presentan estos acontecimientos como una ruptura histórica en las relaciones internacionales [2].

Pero, ¿se trata realmente de un nuevo orden mundial que rompe con el derecho internacional heredado de la Segunda Guerra Mundial, o más bien de una radicalización de las políticas imperialistas que los Estados capitalistas llevan aplicando desde hace siglos? ¿La crisis ecológica y los imperativos de la transición energética están cambiando fundamentalmente el escenario de las relaciones internacionales o solo conducen a acentuar tendencias de larga duración en el contexto menos estable del Antropoceno? Desde hace algunos años, asistimos por fin al surgimiento de una literatura sobre los vínculos entre ecología y geopolítica, que saca este debate de las oficinas estratégicas de los ejércitos y de las consultoras de análisis de riesgos financieros [3]. El concepto de “ecología de guerra” es sin duda una de las formulaciones más sugerentes para reflexionar sobre las relaciones internacionales en el Antropoceno.

La ecología de guerra se refiere a la posibilidad de que los imperativos de seguridad de los Estados contemporáneos los lleven a orientarse hacia una transición energética a la que ningún argumento surgido del pensamiento ecologista pacifista tradicional habría podido conducirlos. Con el fin de garantizar su independencia energética, los Estados que no disponen de recursos fósiles propios tendrían interés en asegurar una transición rápida hacia energías renovables con bajas emisiones de gases de efecto invernadero. La razón de Estado basada en la preservación de la integridad del territorio y el acceso a recursos abundantes coincidiría, por fin, con el imperativo climático de la transición energética. En resumen, mientras que la paz formulada en la posguerra fue posible gracias al consumo ilimitado de energías fósiles (“la paz del carbono”), la voluntad de asegurarse una ventaja en las guerras del siglo XXI podría conducir hacia una salida de la economía fósil.

El concepto de ecología de guerra fue desarrollado por el filósofo e historiador de ideas políticas Pierre Charbonnier en la obra Hacia la ecología de guerra. Una historia medioambiental de la paz [4]. En Contra la ecología de guerra, Vincent Rissier critica este concepto con una serie de argumentos atractivos y convincentes. En primer lugar, cuestiona el diagnóstico histórico que ve en el orden mundial capitalista posterior a 1945 un orden basado en la “paz del carbono”. Luego, al rebatir esas premisas, rechaza el pronóstico que vería en la inminencia de las nuevas guerras del siglo XXI una oportunidad para la transición energética.

En Contra la ecología de guerra, Rissier demuestra, en pocas palabras, que la paz del carbono es un mito y la ecología de guerra una ilusión. Al contrario, en el contexto de la crisis ecológica, asistimos al recrudecimiento de las rivalidades interimperialistas entre los Estados capitalistas, que nunca cesaron a lo largo del siglo XX, pero que en el Antropoceno se reconfiguran alrededor del acceso a determinados recursos clave: siempre a los recursos fósiles, pero también, a partir de ahora, a los materiales necesarios para la transición, como el litio, por ejemplo. En resumen, la obra de Rissier es una ilustración perfecta del concepto de “imperialismo ecológico” o “imperialismo verde” [5].

Primero desarrollada por el historiador del medio ambiente William Crosby [6], el concepto de imperialismo ecológico fue posteriormente retomado por los ecomarxistas John B. Foster y Brett Clarke para designar las lógicas imperialistas vinculadas a la apropiación de los recursos necesarios para la acumulación capitalista, desde la conquista colonial de Irlanda y su sometimiento a la tutela de Inglaterra a principios del siglo XVI [7]. El imperialismo ecológico se refiere a la dinámica de apropiación colonial de tierras y recursos entre los centros capitalistas y las periferias dominadas, cuyo objetivo es superar los límites ecológicos a los que se enfrentan las economías de crecimiento ilimitado. Contra la ecología de la guerra es, por lo tanto, un ensayo sobre el imperialismo ecológico que se toma en serio la lucha de clases a escala mundial y las rivalidades interestatales contemporáneas [8]. En definitiva, se aleja de la visión ecomarxista dominante, que se limita a repetir los diagnósticos de Marx, para proponer una actualización geopolítica del imperialismo ecológico, una interpretación alternativa de la ecología de guerra.

Poder geopolítico y transición energética

El concepto de ecología de guerra surgió justo después de la agresión imperialista de Rusia contra Ucrania, desencadenada por la invasión del 24 de febrero de 2022. Tras este ataque, preocupados por la posible pérdida de acceso a los recursos fósiles suministrados por Rusia, los dirigentes europeos hicieron numerosas declaraciones –en un periodo bastante breve– relacionadas con la transición energética y la sobriedad energética. En palabras de Charbonnier, “la incipiente ecología de guerra en Europa permite matar dos pájaros de un tiro al combinar la necesidad de ejercer presión sobre el régimen ruso con la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero” [9].

Rissier muestra claramente cómo este imperativo de reducir las emisiones no solo fue efímero, sino que constituyó un esfuerzo impuesto principalmente a los pueblos europeos en contra de sus intereses, y no una oportunidad para transformar el propio modo de producción. En resumen, el argumento es doble: por un lado, la ecología de guerra no existe en realidad; por otro, aunque existiera, no permitiría transformar el modo de producción responsable de la crisis ecológica. En la medida en que no defiende una reapropiación ecologista y social del aparato productivo en su conjunto –la única capaz de transformar dicho aparato–, la ecología de guerra aboga en la práctica por una “nueva era del capitalismo” [10].

Orden mundial y dinámicas imperiales

Sin embargo, hay un elemento central de la obra de Charbonnier que no aborda Contra la ecología de guerra (aunque, a decir verdad, ese no es su objetivo). Hacia una ecología de guerra es un libro de historia de las ideas políticas, pero también de filosofía, cuyas dos fuentes principales son la cosmopolítica de Kant [11] y la teoría del derecho internacional de Carl Schmitt [12]. Sabemos que este pensador de la revolución conservadora defiende la idea de que el orden político mundial se basa en la “conquista de territorios”. En otras palabras, es el acto de conquista, en la medida en que organiza una determinada configuración espacial de los poderes políticos, el que determina el orden jurídico internacional, pero también el funcionamiento general del orden político interno. La conquista de territorios precede a la distribución de la riqueza y a los modos de producción [13].

En resumen, la conquista colonial determinaría la naturaleza de todo el orden jurídico internacional, y la configuración espacial de las potencias regiría el reparto de los poderes políticos. Sin embargo, esta teoría del derecho internacional sufre una transformación importante en Hacia la ecología de guerra de Charbonnier: ya no es la conquista de territorios lo que determina el orden jurídico y político, sino la apropiación de recursos. El hecho de que el principal límite ecológico de las sociedades humanas ya no esté vinculado a la superficie de tierra necesaria para su reproducción, sino a la cantidad de recursos fósiles enterrados en el suelo, conduciría a transformar la naturaleza de la configuración espacial de los poderes políticos. La geopolítica ya no designa una geografía política basada en la apropiación de tierras, sino una geología política basada en la apropiación de los recursos energéticos del subsuelo. Esta geología política del Antropoceno permitiría explicar tanto la invasión de Rusia a Ucrania como la de Estados Unidos a Venezuela [14]. Estaríamos ante el nacimiento de un nuevo orden mundial basado en el poder de los imperios fósiles y en su capacidad de satisfacer sus necesidades de recursos.

Al igual que Kant y Schmitt antes que él, Charbonnier es un pensador del orden mundial, de la estabilidad de las relaciones internacionales y de la permanencia de los vínculos entre territorio y poder. Evidentemente, esto no le impide pensar en los cambios, pero se entienden, en la mayoría de los casos, como crisis entre dos órdenes caracterizados por una relativa estabilidad. Las teorías marxistas del imperialismo a las que adhiere Rissier –ya sea la de Lenin o la de Luxemburg– parten más bien de la inestabilidad fundamental de las relaciones de fuerza entre las potencias capitalistas. Las rivalidades interimperialistas amenazan en forma permanente el precario orden de las relaciones entre Estados. Es esta precariedad ontológica de las relaciones internacionales, esta contingencia fundamental del modo de ser de las potencias estatales, lo que los pueblos deben aprovechar para esperar subvertir las jerarquías. El derrotismo revolucionario o la transformación de la guerra imperialista en guerra civil insurreccional son los temas leninistas vinculados a la contingencia de la historia del capitalismo, y los que dan una orientación estratégica a la acción en un mundo fundamentalmente inestable.

Esta es, entonces, la cuestión filosófica principal de la oposición entre ecología de guerra e imperialismo verde: se trata de la relación entre el orden mundial y el flujo de relaciones, entre la estabilidad del derecho y la dinámica de las relaciones de fuerza, entre el ser del sistema interestatal y el devenir de las potencias imperialistas. ¿Debemos concebir las relaciones entre Estados a partir de los conceptos de estabilidad y orden propios de la geopolítica, o bien a partir de la dinámica siempre cambiante de las relaciones de fuerza de las teorías del imperialismo?

En el primer caso, se corre el riesgo de pasar por alto que el orden es, sin duda, una fantasía, que siempre hay acontecimientos que escapan a su lógica, acontecimientos que sería demasiado fácil reducir a meros epifenómenos históricos, como si por sí solos no tuvieran ninguna posibilidad de alterar el orden general. En este sentido, las guerras coloniales e imperialistas del siglo XX (desde la guerra de Argelia hasta la guerra de Vietnam, pasando por las invasiones de Afganistán e Irak) no serían más que hechos puntuales sin significado global en una historia universal de la paz [15]. En el segundo caso, se corre el riesgo de pasar por alto que el imperialismo se manifiesta hoy como un sistema interestatal constituido, en parte, por el derecho. El imperialismo capitalista solo tiene sentido porque ya preexiste un sistema de Estados basado en el derecho internacional.

Uno de los aspectos comunes de las obras de Charbonnier y Rissier es la atención que prestan a las dinámicas geopolíticas en la evolución de la ecología. Para concluir, me gustaría detenerme en el significado ecológico del triunfo de las ideologías de extrema derecha a escala mundial, en la medida en que tal vez anuncien el advenimiento de un nuevo orden mundial.

Imperios fósiles y apartheid medioambiental

En muchos lugares del mundo, la extrema derecha que niega el cambio climático está en el poder o a las puertas de él. Estos gobiernos defienden lo que el colectivo Zetkin y Andreas Malm denominaron “fascismo fósil”, es decir, una ideología que refuerza la superioridad racial de un grupo y su legitimidad para dominar a los demás, basando su poder político, económico y militar en el uso de las energías fósiles [16]. Si bien por el momento estas extremas derechas occidentales aún no se pueden considerar fascistas, en el sentido de que no aseguran su dominio mediante el exterminio de los opositores políticos o de los grupos minoritarios (salvo, evidentemente, el Estado israelí, que puede aspirar al título de Estado colonial fascista), sí llevan a cabo una política global y coherente, que tiene como objetivo reconstituir zonas de influencia en torno a centros imperiales. Lo que estamos presenciando es, sin duda, la constitución de imperios fósiles basados en una ideología de dominación racial. Los carbo-nacionalistas buscan formar un bloque hegemónico trasclasista basado en un pacto social-racial cuyo poder material y simbólico está asegurado por el acceso a recursos ilimitados, en particular fósiles, adquiridos mediante políticas de depredación imperialista en su zona de influencia. Entonces, no es descabellado imaginar la posibilidad de un nuevo orden jurídico internacional en el que el imperialismo ecológico constituyera la relación principal entre las potencias imperialistas y entre el centro y la periferia. En cambio, es sin duda erróneo pensar –al modo de Carl Schmitt– que un orden jurídico internacional estable determine la naturaleza del conjunto de las relaciones políticas y económicas. Ciertas formas de estabilidad jurídica o de regularidad en las relaciones internacionales –siempre parciales y provisorias– surgen de un determinado estado de relaciones de fuerza entre las potencias imperialistas.

En este sentido, es muy probable que el nuevo orden mundial del Antropoceno se base en un “apartheid climático” [17] o en un “apartheid medioambiental” [18]. El apartheid medioambiental se refiere a una separación política, social y espacial entre los principales responsables de la crisis ecológica y las primeras víctimas del Antropoceno; en términos más generales, se trata de una separación socioespacial organizada mediante políticas de seguridad y militares que distinguen entre las poblaciones que tienen los medios para adaptarse al cambio climático y aquellas que lo sufrirán de lleno. El apartheid medioambiental va unido al militarismo medioambiental, es decir, al desarrollo de políticas militaristas que se presentan como respuestas a las crisis ecológicas contemporáneas. La construcción de muros fronterizos en Estados Unidos, Europa y Palestina es una prueba de este apartheid medioambiental.

Como ha demostrado Andreas Malm, la guerra genocida en Gaza no es, sin duda, la última guerra colonial del mundo moderno, sino más bien uno de los primeros genocidios climáticos del Antropoceno [19]. Las prácticas de limpieza étnica [20] que caracterizan la formación del Estado israelí desde sus orígenes se ven ahora reforzadas por el desarrollo de una economía nacional basada en los combustibles fósiles. Como señala también Alexis Cukier, “en el contexto de la escasez de agua provocada y prevista en la región debido a la aceleración del calentamiento global, el control colonial del acceso al agua y la posterior destrucción de las infraestructuras hidráulicas constituyen un laboratorio de apartheid medioambiental que permite garantizar la adaptación climática de unos en detrimento de la vida de otros” [21]. El régimen genocida ha utilizado la destrucción de la Tierra como medio de dominación colonial y para acaparar los recursos y territorios necesarios para adaptarse al cambio climático. Todo sucede como si el apartheid medioambiental fuera un medio de opresión colonial y de adaptación racial al cambio climático.

La multiplicación de los muros y de las fronteras políticas ofrece una imagen muy impactante de la constitución de este nuevo orden fósil, basado en bloques imperiales que se lanzarán a un imperialismo ecológico en un mundo donde las relaciones entre el centro y la periferia están estructuradas por un apartheid medioambiental. Más allá de los muros, de los recursos a disposición de los centros imperiales y de la devastación para los habitantes de la Tierra. Más allá de los muros, de los centros en los que la paz social y ecológica está basada en un compromiso de clase racial y en la garantía de que la libre disposición de los recursos coloniales proporcione las condiciones para una posible adaptación al cambio climático.

La extrema derecha de todo el mundo va de la mano del capitalismo fósil. La destrucción provocada por este último justifica la militarización del acceso a los recursos y refuerza la idea de que hay que proteger los privilegios de una comunidad racialmente homogénea para evitar el colapso ecológico. Por eso, como bien han entendido los Soulèvements de la terre, un frente climático antifascista solo puede ser anticapitalista.

Conclusión

La importancia de la obra de Vincent Rissier radica en su demostración: la ecología de guerra no es ni realista ni deseable. No es realista porque ningún Estado del centro capitalista se embarcará en una transición energética mientras disponga de ejércitos capaces de asegurar sus recursos en los imperios reconstituidos.

Retomando la idea de los historiadores del medio ambiente y la tecnología Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz sobre la “exuberancia energética de la institución militar” [22], Rissier demuestra que el imperativo de la seguridad militar nunca es compatible con las exigencias de la transición ecológica. Por el contrario, los ejércitos suelen servir para garantizar los intereses de las empresas multinacionales, dándoles acceso a territorios en los que se pueden encontrar recursos, en particular, fósiles. La defensa de los intereses de Total Énergies en Uganda y Tanzania es, en este sentido, un ejemplo paradigmático.

La ecología de guerra tampoco es deseable, ya que proporciona a los dirigentes del mundo rico argumentos para mantener un capitalismo verde que conduce inevitablemente a la guerra y a la opresión. Vincent Rissier tiene toda la razón al defender, frente a la ecología de guerra de los Estados soberanos, una ecología de los pueblos, una ecología de la clase obrera. Solo ella podrá garantizar la emancipación de la humanidad y la habitabilidad de la Tierra.

NOTAS AL PIE
[1] Se estima que las reservas petrolíferas de Venezuela contienen al menos 235 000 millones de barriles explotables. El consumo de petróleo en Estados Unidos es de unos 20 millones de barriles al día.

[2] Ver, por ejemplo, Philippe Ricard, “La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, una nueva negación de un orden internacional moribundo”, Le Monde, 3 de enero de 2026.

[3] Razmig Keucheyan, La nature est un champ de bataille. Essai d’écologie politique, Paris, La Découverte, 2014.

[4] Continent et Green; por la obra ver Pierre Charbonnier, Vers l’écologie de guerre. Une histoire environnementale de la paix, Paris, La Découverte, 2024.

[5] Vincent Rissier, Contre l’écologie de guerre, Paris, La Dispute, 2026, p. 43.

[6] Vincent Rissier, Contre l’écologie de guerre, Paris, La Dispute, 2026, p. 43.

[7] Brett Clark et John B. Foster, “Ecological Imperialism and the Global Metabolic Rift. Unequal Exchange and the Guano/Nitrates Trade”, International Journal of Comparative Sociology, vol. 50, n° 3-4, p. 311-334.

[8] Para un punto de vista sintético sobre las diferentes corrientes del imperialismo ecológico y de las teorías del intercambio ecológico desigual, ver Paul Guillibert y Stéphane Haber, “Marxisme, études environnementales, approches globales: de nouveaux horizons théoriques”, Actuel Marx, 2017/1, n° 61, p. 12-23.

[9] Pierre Charbonnier, “La naissance de l’écologie de guerre”, Le Grand Continent, 18 mars 2022.

[10] Pierre Charbonnier, Vers l’écologie de guerre, op.cit., p. 314.

[11] Principalmente Immanuel Kant, Vers la paix perpétuelle, Paris, Flammarion, 1991.

[12] Carl Schmitt, Le nomos de la Terre. Dans le droit des gens du Jus Publicum Europaeum, Paris, Puf, 1988.

[13] Ver sobre todo Carl Schmitt, “Prendre, partager, paître. La question de l’ordre économique et social à partir du Nomos”, La Guerre civile mondiale, Paris, Ere, 2007, p. 51-64.

[14] Cuando se observa la importancia geopolítica que ha adquirido la ocupación del Donbás en las negociaciones entre Rusia y Ucrania desde 2022, en comparación con la importancia económica relativamente escasa de este territorio, se pueden plantear dos hipótesis que ponen en tela de juicio esta idea de Charbonnier: en primer lugar, no es evidente que la cuestión de los recursos del subsuelo haya sustituido a la cuestión de la superficie de los territorios en las rivalidades interimperialistas; en segundo lugar, los intereses culturales y políticos pueden tener una importancia tan decisiva como los motivos estrictamente económicos en el desenlace de una guerra. El conflicto sobre la pertenencia nacional del Donbás plantea la cuestión política y simbólica de quién ganó la guerra, así como un conflicto lingüístico en torno a la hegemonía cultural. Sobre este punto, véase en particular Daria Saburova, Travailleuses de la résistance. Les classes laborieuses ukrainiennes face à la guerre, Vulaines-sur-Seine, Éditions du Croquant, 2024.

[15] Theodor W. Adorno, Leçons sur l’histoire et sur la liberté 1964-1965, Paris, Klincksieck, 2024.

[16] Andreas Malm et Zetkin Collective, Fascisme fossile. L’extrême droite, l’énergie, le climat, Paris, La Fabrique, 2020.

[17] Philipp Alston, Climate Change and Poverty-Report of the Special Rapporteur on Extreme Poverty and Human Rights, New York, Human Rights Council – Organisation des Nations unies, 41ᵉ session, 24 juin-12 juillet 2009, rapport n°A/HRC/41/39, p. 14: el apartheid climático designa un escenario en el que “los ricos pagan para escapar de las temperaturas extremas, del hambre y de los conflictos mientras que el resto del mundo queda sufriendo”.

[18] Ian Angus, Face à l’Anthropocène. Le capitalisme fossile et la crise du système terrestre, Montréal, Écosociété, 2018, p. 216-220.

[19] Andreas Malm, Pour la Palestine comme pour la Terre. Les ravages de l’impérialisme fossile, Paris, La Fabrique, 2025.

[20] Ilan Pappé, Le nettoyage ethnique de la Palestine, Paris, La Fabrique, 2024.

[21] Alexis Cukier, “Guerre impérialiste, militarisme environnemental et stratégie écosocialiste à l’heure du capitalisme des catastrophes”, Contretemps [En ligne], 11 de septiembre 2025.

[22] Christophe Bonneuil et Jean-Baptiste Fressoz, L’Événement Anthropocène. La Terre, l’histoire et nous, Paris, La Découverte, “Anthropocène”, 2013.

Por: Paul Guillibert. Doctor y profesor de filosofía en París, Francia.

Fuente: www.laizquierdadiario.com

Ilustración: Mohammad Sabaaneh

Last modified: 14/05/2026

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