Internacional

Guayaquil: cuando la muerte salió a la calle

Casi nadie que viva conoce el olor a muerte, ni aun quienes trabajan con ella conocen su olor sincero, el que es sin químico ni hielo. En la provincia de Guayas ahora lo conocen y viven con el olor a muerte en sus gargantas. Luego de la crisis sanitaria que colapsó la gestión de la muerte, saben de qué se trata morir en medio de una pandemia.

Las muertes se sucedían una tras otra y entre las vecinas se compartían los materiales para envolver al muerto o para cortar el petulante olor: un reciclaje comunitario para compartir lo poco que había y se sabía para salir del horror. Cintas, sábanas, plásticos y bolsas; llamar aquí o allá, hacer fuego, quemarlo todo, quemar al muerto, mediatizarlo.

Guayas es una provincia del litoral ecuatoriano con 4.5 millones de habitantes y es el principal puerto del país. Ecuador actualmente es uno de los países de la región con la tasa de mortalidad más alta: 24,8 por cada 100.000 habitantes, calculada sobre la cifra oficial de muertes por Covid-19  como resultado de la prueba PCR (1). Sólo en Guayas han muerto más de 1.500. Entre el 1 y el 8 de abril el país llegó a su pico con un promedio de 1.000 muertes por día. Recién el 14 comenzaría a descender a las 700. Según el Observatorio Social del Ecuador existen inconsistencias en las cifras provinciales de personas fallecidas confirmadas con Covid-19 que emite el Centro de Operaciones de Emergencias Nacional.

Durante abril, imágenes con ataúdes apostados en las calles y en las entradas de los hogares inundaron las pantallas. En ese momento, un enorme velatorio colectivo hubiese podido copar toda Guayaquil y sus alrededores. Como ciudad capital de la provincia de Guayas reúne casi el 70% de lxs habitantes y es también la segunda más poblada de Ecuador.

Vamos a contar la historia de Kattia Ponce Anastacio, una mujer que convivió con el cadáver de su tío cinco días sin que Criminalística llegara a retirarlo. Cuando por fin se lo llevaron le dijeron algo que Kattia no imaginó que pudiese cumplirse y hoy lo entiende como una profecía:

– Esta es la última vez que lo ve, no sé sabe qué va a pasar con el cuerpo – le contestaron.

Eso fue en su casa de la parroquia Febres Cordero, la madrugada del 1 de abril de 2020. Desde entonces, Kattia y un centenar de personas reclaman por la aparición de los cuerpos de sus familiares fallecidxs en el contexto del nuevo coronavirus. El Estado reconoce que no puede dar ninguna respuesta sobre el paradero. No los llaman desaparecidos pero en realidad es lo que son, algunos ni siquiera tienen acta de defunción. Hay familias que recibieron cuerpos equivocados y hay otros cuerpos que siguen sin aparecer. La vida de Kattia y su familia ha sido un continuo y todavía parece que el cuerpo del tío está en el mismo mueble donde murió, apretado en capas de plástico transparente junto a la muerte que sigue en su sala.

Freddy David Anastacio Alvarado tenía 65 años y una diabetes controlada, que no le impedía trabajar y llevar una vida activa junto a la familia. Era el tío materno de Kattia y eran muy cercanos:

–él nos ayudaba y nosotros lo ayudábamos – recuerda Kattita, como él la llamaba con cariño.

Aunque tenía hijos, Freddy la quería como a una hija propia y por eso elegía vivir con ella en su casa de la calle Nicolás Augusto González.

La parroquia Febres Cordero es el barrio más extenso y poblado de toda Guayaquil, constituido a partir de las migraciones campo-ciudad, catalogado como nido de delincuencia, también se ha convertido en lugar de procesos de reconversión urbana para el negocio inmobiliario.

Cuando la pandemia dejó de ser noticia del otro lado del mundo y llegó a las calles de Guayaquil, el tío Freddy comenzó a sentir dolores corporales y una fuerte tos que lo mantenía postrado. Una semana después, con cuidados y agüitas, él no mejoraba y la preocupación familiar hizo que el 25 de marzo fueran al Hospital de Guayaquil. Como no presentaba fiebre, síntoma asociado al Covid19, se negaron a darle atención y lo enviaron a su casa.

Kattia se lamenta al pensar que si él hubiese sido atendido, hoy estaría con vida.

Dicen que ya en ese momento había personas enfermas hasta en los baños del hospital por la falta de camas y oxígeno.

De ahí a la muerte masiva era sólo un paso.

Volvieron al hospital a los dos días porque el tío empeoraba y el 911 nunca respondió a sus llamadas: una vez allí les dijeron que no podían hacer nada por él. A las 6 de la tarde de ese día falleció en su cama de enfermo, un mueble típico de una sala de estar.

No teníamos valor para sacarlo a la calle

Antes, nuestros pueblos preexistentes, enterraban a sus muertos. Sabían cómo hacerlo, había quienes se preparaban especialmente para acompañar y contener en esas situaciones. Todavía, en algunos rincones de este mundo, hay comunidades campesinas, indígenas, que también saben cómo hacerlo. Conservar los cuerpos, respetar su memoria, garantizar su descanso y armonía con el todo.

La conformación del Estado Nación, como gran administrador de la sociedad vino también a administrar la muerte y organizar su burocracia. La desnaturalización y extrañamiento de la muerte fue parte del ideario impuesto por la colonización que invadiría abya yala a mediados del siglo XV.

Achille Mbembe, un filósofo camerunés planteó en 2011 el concepto de necropolítica para entender cómo la vida se subordina al poder de la muerte en África. Dice que la proliferación de armas y mundos de muerte, lugares donde las personas se encuentran tan excluidas que en realidad viven como muertas vivientes, son una muestra de que en los territorios del sur global existe una política de la muerte, en lugar de una política de la vida. Morimos porque estamos marginadas, empobrecidas, racializadas, esclavizadas. En ese sentido, el covid19 no ha igualado a nadie sino que ataca justo en las desigualdades más profundas.

El 911, número global para llamar ante las emergencias, también colapsó durante la crisis sanitaria en Guayas. La familia de Kattia y lxs vecinxs llamaban sin parar y desde distintos teléfonos con igual respuesta. Ese insoportable llame y llame circular que nunca encontraba atención del otro lado del satélite, en algún momento contestó: informaron entonces que el tío había muerto en su casa y que necesitaban que se lo llevaran; por protocolo dijeron que en las próximas tres horas irían a su domicilio.

En la espera pasaron cinco días. Las personas que vivían junto a Kattia y Freddy pasaban día y noche afuera, porque el olor era invivible y no tenían valor para sacar al muerto a la calle, como tantxs de sus vecinxs habían hecho.

Sin trabajo ni dinero, con lo poco que tenían, intentaban que el muerto conservara su dignidad y se mantuviera lo mejor posible, respetando a su vez a quienes vivían en las casas linderas conviviendo con el olor a muerte.

La noche del 31 de marzo Kattia hizo un último llamado desesperado al 911, amenazante dijo que si no buscaban el cuerpo de su tío iba a subir fotos y videos a las redes sociales.

– Todo el mundo está sacando a sus familiares a las veredas y están subiendo fotos, hágalo – le dijeron.

El descuido en la vida y en la muerte

La creatividad siempre ha estado del lado de los pueblos. Y después de días de esperar a que el Estado ecuatoriano se llevara al muerto, la familia de Kattia tomó la iniciativa de mediatizar lo que estaban viviendo. Decidieron incendiar el mueble que se había convertido en lecho de muerte del tío, filmarlo y difundirlo para que se volviera viral.

El mueble estaba impregnado del olor a muerte y ya nadie podía soportarlo. Primero tuvieron que mover el cuerpo y lo apoyaron en el piso, envuelto en un sin fin de nuevos plásticos que intentaban contener el mal olor y evitar que los líquidos se desparramaran. La hoguera se quería hacer en la calle pero el sillón no pasaba por la puerta y hubo que probar distintas maneras para sacarlo, la peripecia no fue fácil. Al mismo tiempo había que intentar tocar todo lo menos posible y mantener los tapabocas, guantes y cubre zapatos puestos, porque en medio de toda la tragedia familiar y la tristeza infinita de perder a un ser querido, no eran inmunes a la pandemia que estaba azotando a la ciudad.

Una vez afuera, al sillón se le sumaron las sábanas y la ropa que había estado en contacto con el cadáver y arrastraba el olor a muerte. Descargando la impotencia por no poder enterrar al muerto y seguir adelante, lxs familiares se fueron desprendiendo también de su ropa, para que todo junto se quemara para siempre.

Una se pregunta cuánto le cuesta a una familia trabajadora de la parroquia Febres Cordero comprar muebles para su casa o ropa para vestirse, pero en un contexto desesperado, esta se presentó como la única opción viable.

La madrugada del 31 de marzo, la periodista Silvie Chávez publicó el video de Kattia sobre la quema del mueble en twitter con un texto que aseguraba que estaban quemando el cuerpo de  Freddy. Antes del amanecer la policía llegó a la casa de Kattia con la acusación de que había quemado el cadáver del tío, pero el olor a muerte enseguida les demostró que seguía ahí. Un ejemplo de cómo las fake news pueden usarse como mecanismo de presión popular frente a un Estado ausente y negador.

Sin embargo, la policía que llegó a su casa tampoco podía llevarse al muerto, ejemplo de cómo la burocracia se mantiene intacta en una crisis sanitaria. Kattia les suplicó que llamaran al departamento de Criminalística, porque las tres horas del 911 se habían convertido en una tortura de cinco días.

Cuando finalmente llegaron los funcionarios, completaron el formulario de defunción del Instituto Nacional de Estadística y Censos con los datos de Freddy David Anastacio Alvarado, quien habría fallecido de una neumonía no especificada.

–¿A dónde se lleva el cuerpo de mi tío?– preguntó Kattia.

– Esta es la última vez que lo ve, no sé sabe qué va a pasar con el cuerpo – Aun con esa respuesta vaga, le informaron que lo llevaban al Hospital del Guasmo Sur, dependiente del Ministerio de Salud Pública de Ecuador. Es un institución ampliamente cuestionada en el contexto de la pandemia, con una investigación en curso por presunta negligencia de parte de funcionarios en el manejo de identificación de cadáveres y otra pesquisa por un posible sobreprecio en la adquisición de bolsas para cadáveres.

El 19 de mayo, en medio de un allanamiento, la policía descubrió treinta cuerpos sin identificar en un contenedor del Hospital del Guasmo Sur y se estima que en total son más de 150, algunos en avanzado estado de descomposición.

Cuando Kattia fue a reclamar el cuerpo de su tío para el entierro le dijeron que no estaba registrado su ingreso pero que a cambio de 50 dólares un camillero podía buscar el cadáver en los contenedores que amontonaban lxs muertxs. Muchas personas pagaron pero los cuerpos no aparecieron. La familia de Kattia no tenía ese dinero y ese día comenzó su peregrinación por instituciones para dar con el cuerpo de Freddy.

Kattita no quiere conjeturar sobre qué sucedió con el cuerpo de su tío, solamente quiere verlo y llevarlo a camposanto. Las funerarias y cementerios también vivieron el colapso, aunque aprovecharon la desesperación de la población para aumentar los valores de sus servicios; la familia de Kattia se acercó a Parque La Paz, una empresa que reúne a una decena de cementerios privados de Guayaquil, brindando variedad de opciones para la muerte en mausoleos, nichos, bóvedas y lotes, al mismo tiempo que realiza misas y charlas virtuales sobre el universo funerario.

Mientras buscaban el cuerpo del tío, quisieron ganar tiempo y reservar una bóveda en Parque La Paz, una fila de personas de al menos un kilómetro tenía las mismas intenciones, reservar un lugar para el ser querido.

Los camposantos en Guayaquil también extendieron sus lotes y aumentaron su trabajo haciendo espacio para los ataúdes que se amontonaban sin entierro. Profesionales de la salud estaban cobrando hasta 300 dólares para completar los formularios que exigían en el cementerio para otorgar bóveda. Es que el capitalismo impuesto, incluso en pandemia global, hace que ni siquiera puedas enterrar a tu muerto si estás empobrecida.

Quizás esa llamada sin contestar, el hospital que se niega a brindar atención a Freddy, una kilométrica fila para comprar en dólares una bóveda en un cementerio, la acusación siempre al pueblo, los cadáveres amontonados en contenedores y cuerpos desaparecidos, son la perfecta metáfora para explicar que lo que sucedió en Guayaquil no fue solamente una crisis sanitaria sino el colapso de la gestión de la muerte en un mundo donde la necropolítica es LA política.

Desaparecidxs del Covid19 en Guayaquil

En la actualidad existe discrecionalidad en el manejo de la información en Ecuador. Según el Observatorio Social de Ecuador, el Centro de Operaciones de Emergencias Nacional no cruza datos con el registro de defunciones a cargo de la Dirección General de Registro Civil, Identificación y Cedulación, por lo que la cifra de muertes no corresponde aún a la realidad. El Observatorio creó el sitio web www.covid19ecuador.org donde se sistematiza la información oficial, aunque aclaran que no hay acceso a datos desagregados para poder realizar una comprensión integral de los efectos de la pandemia en al población.

Kattia y otras personas que también buscan los cuerpos de sus familiares han tenido reuniones, visitado oficinas, brindado entrevistas, hecho plantones y presentaciones judiciales exigiendo por su aparición. La última semana de junio un juez aceptó una acción de protección presentada por la Defensoría del Pueblo sobre el extravío de cuerpos durante la emergencia, reconociendo la vulneración de derechos de las víctimas.

Para Kattia es una buena noticia, la aparición del Estado luego de tres meses de interrogantes. Ella aun no puede creer el vuelco que dio su vida, la forma en que tuvo que salir a la visibilidad pública y dar entrevistas contando la terrible historia de su familia, que es la de toda Guayaquil.

En este momento en que el dinero y la comida escasean terriblemente, Kattia rescata la unión familiar frente al desastre, la solidaridad frente al desespero.

Por: Ayelén Correa Ruau

(1) Reacción en Cadena de Polimerasa, por sus siglas en inglés.

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