Transición energética: “Una visión que fortalezca la Soberanía Alimentaria va a fortalecer, al mismo tiempo, a la soberanía energética”

Written by | Internacionales

¿En qué consistiría una transición energética justa y soberana? ¿Qué otras variables del modelo de producción vigente, además del sistema energético, deberían ser modificadas para que sea factible este tipo de transición?

Hay problemas semánticos en torno a la idea de la transición energética, en el sentido de que es un concepto que está en disputa, que está lleno de sentido desde distintos lugares: desde una visión neoliberal, desde una visión vinculada al capitalismo verde, desde la idea del desarrollo sostenible; también, a cómo, según algunos sectores sobre todo vinculados con el gobierno actual, la transición energética se puede traccionar desde Vaca Muerta. Y existe un discurso popular, digamos de “la transición justa”, que se ha ido construyendo durante las últimas décadas desde las organizaciones sociales.

Este sector ha ido tomando la cuestión energética, primero, desde el conflicto. Hay que pensar que, en Argentina y en toda América Latina, la cuestión energética se politizó originalmente a partir de los conflictos: con las hidroeléctricas, las petroleras, con los parques eólicos, etcétera. Esto es, desde las distintas llagas que ha ido dejando el modelo energético en este continente.

Pero, además, esta forma de producción y distribución genera exclusión social: el mismo modelo que contamina es, a la vez, el que reproduce las desigualdades. De ahí que existe una enorme cantidad de personas en nuestro país que viven bajo pobreza energética, que no pueden consumir lo que necesitan, que están colgadas de la red, lo que genera que se quemen casas por malas instalaciones eléctricas. En ese sentido, la energía, de base, tiene que ser considerada un derecho humano. Si la entendemos así, es relevante que sea controlada de manera pública, ya sea a través del Estado u otras formas de lo público.

Pero también es relevante pensar los problemas en torno al acceso a la energía, porque muchas veces los discursos corporativos de la transición energética se quieren centrar solamente en las fuentes, es decir, en cómo el modelo de carbón, gas y el petróleo ha sido altamente contaminante. Cosa que es cierta, pero estos sectores sostienen que simplemente habría que hacer un recambio de fuentes energéticas. Nosotros tenemos una mirada muy crítica respecto de eso por motivos diversos. Uno, central, tiene que ver con que lo que hay que discutir no es solo qué fuentes, sino cuáles son los sectores de consumo energético. En Argentina, por ejemplo, el sector de mayor consumo energético es el transporte.

Lo que hay que hacer es garantizar el acceso de la mejor manera posible y terminar con debates que son completamente ficticios, como cuál es el precio real de la energía o si hay o no demasiados subsidios. El verdadero resultado de este modelo energético, llevado adelante acá por el capitalismo argentino, es una fuerte exclusión y una enorme contaminación socioambiental.

Dije recién que el problema del transporte es fundamental para pensar la transición energética en Argentina. Por ejemplo, se moviliza una gran cantidad de alimentos en todo el país a través de camiones. Si pensamos un modelo alimentario distinto, con cordones de producción agroecológica en torno a las grandes ciudades, vamos a reducir un montón el traslado de alimentos y, por ende, el gasto energético. Entonces, una visión que fortalezca la Soberanía Alimentaria, al mismo tiempo va a fortalecer la soberanía energética.

¿Qué resultados en el mediano plazo evalúas que puede tener el actual modelo energético mundial?

El modelo energético mundial actual tiene una clara división entre los países centrales y los países periféricos, en donde éstos últimos históricamente han funcionado como lugares desde donde se extraen los recursos energéticos para ser consumidos en los centros industriales. Hay una desigualdad inherente en la forma de distribución, donde lugares como América Latina funcionan como productoras de energía para otras regiones.

Ahí hay un problema muy crítico para pensar el momento actual. Hoy hay un debate muy importante en Argentina, no solo en torno a Vaca Muerta sino también a otras formas de producción energética, como la explotación offshore en el Mar Argentino. Algunos sectores proponen que es necesario avanzar con la explotación hidrocarburífera con el argumento de que los países centrales requirieron de estos consumos energéticos para poder desarrollarse. Es un discurso que en sí mismo encierra una trampa muy importante, que es que no reconoce que el modelo energético argentino ha sido justamente la explotación de hidrocarburos durante los últimos 100 años y eso, lejos de constituir un modelo de desarrollo, ha constituido un modelo de maldesarrollo, exclusión y muchos conflictos socioambientales.

Dentro de ese funcionamiento del modelo energético mundial, una de las cuestiones más conflictivas tiene que ver con la crisis climática generada por la quema de combustibles fósiles, que son los principales causantes de los gases de efecto invernadero. En ese sentido, es muy relevante tener en cuenta que la explotación de Vaca Muerta implicaría una influencia muy fuerte en el cambio climático. Esto quiere decir que es un problema no solo de enclave nacional, muy contrario a lo que dicen algunas personas como Bruno Rodríguez, por ejemplo, referente de una organización juvenil climática en la que hablan de “ambientalismo nacional”.

El ambiente, en realidad, lo tenemos que pensar de manera internacionalista: tenemos que pensar, por ejemplo, en lo que implica la importación de gas o de petróleo de otros países y los conflictos socioambientales que eso genera; tampoco podemos dejar de tener en cuenta que el avance inicial del fracking en la Argentina fue de la mano de Chevron, una empresa que dejó un desastre ambiental en Ecuador; y tenemos que tener patrones de solidaridad con esos pueblos que también fueron avasallados por esta forma de explotación.

¿Qué pensás sobre la idea de que la explotación de Vaca Muerta sería la solución al problema energético de Argentina?

Vaca Muerta hoy es la única política energética de Estado, todas las que aparecen están subordinadas a ella: el hidrógeno verde, algunas energías renovables, la explotación offshore, todas aparecen como complementarias a Vaca Muerta. Esto atraviesa a los últimos gobiernos, tanto al actual como a la gestión neoliberal de Cambiemos como al anterior gobierno de Cristina Fernández. En ese sentido no hay grietas, más bien hay una uniformidad en el discurso.

Hay que romper con ese consenso que dice que incluso la transición energética podría avanzar gracias a la explotación de Vaca Muerta y eso no es así. Es un discurso tramposo, que lo que intenta vender es la idea de que el gas puede ser un combustible de transición. El gas que se extrae de Vaca Muerta, fundamentalmente el metano, tiene una gran incidencia como gas de efecto invernadero en el corto plazo. Es cierto que se disipa en un siglo, pero durante los primeros 20 a 30 años tiene una gran influencia, incluso mayor que otros gases como el dióxido de carbono. Por eso la transición energética tiene que ser con otro tipo de fuente.

¿Cómo afecta al pueblo mapuche los proyectos energéticos en el sur del país? ¿Qué concepciones de estas comunidades sobre la energía te parecen importantes para rescatar?

Respecto de la situación de los pueblos indígenas, podemos decir que hay un avance muy fuerte sobre sus comunidades y sobre sus territorios, lo que es violatorio de una serie de derechos que, supuestamente, el mismo Estado argentino consagra. No ha habido un proceso de consulta previa libre informada para avanzar, por ejemplo, con la explotación de distintos tipos de energías. El foco más conflictivo que podemos observar hoy es la explotación de Vaca Muerta, ubicada en territorios de varias comunidades mapuches.

Un caso ejemplar tiene que ver con la construcción del gasoducto Néstor Kirchner, que tiene una de sus cabeceras en Tratayen, provincia de Neuquén, que trae aparejado un proceso de criminalización de la comunidad mapuche que viene desde hace muchos años. Es decir, este tipo de energías extremas necesitan de políticas extremas para avanzar. Hay un choque muy fuerte con esta forma específica del desarrollo del capital, el fracking, que permitió aumentar la frontera extractiva hacia lugares que antes se consideraban marginales.

Se trata de un conflicto a revisar en términos históricos, ya que esas comunidades muchas veces fueron desplazadas de lugares centrales. La comunidad de Campo Maripe, por ejemplo, tiene su origen en la provincia de Buenos Aires. Fue corrida en el proceso de guerra, llegó a un lugar que antes se lo consideraba “marginal” y ahora que vuelve a tener importancia para el capital, nuevamente aparecen los discursos de que los mapuches son usurpadores, de que están ahí por la guita, etcétera.

Desde la perspectiva mapuche hay una visión distinta sobre los medios naturales, de conexión. Eso no significa que no haya una explotación y utilización de los mismos, sino que tiene que ver con de qué manera son utilizados esos recursos. La idea de la energía que tenemos, y sobre todo la idea de hacia dónde se va la energía, choca fuertemente con las concepciones no sólo culturales sino también económicas del pueblo mapuche.

Ahí es importante no dejar de ser críticos, o tener una mirada que permita ir más allá del fetichismo cultural. No necesariamente algo por ser indígena es bueno, sino que nos permite, en el caso de la discusión sobre la energía, deconstruir la idea colonizada que tenemos respecto de lo que es y para qué sirve, y la idea del desarrollo por el desarrollo en sí mismo, sin tener muy claro hacia dónde o para qué.

Me parece que, a través de las preguntas que se plantean desde la visión mapuche, así como de otros pueblos indígenas, podemos deconstruir qué entendemos por energía, qué entendemos por modelo energético, qué entendemos por desarrollo y preguntarnos en qué mundo queremos vivir.

Por: Ignacio Marchini.

Tomado de: biodiversidadla.org

Last modified: 07/01/2023

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