Así no debía partir el año [Análsis]

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Así no debía partir el año, con esta nueva demostración de que el mundo del que tanto se habla – ese “mundo basado en reglas” – funciona solo cuando conviene a quienes tienen el poder para imponerlas.

Desde hace tiempo, los Estados Unidos y buena parte de Europa insisten en la necesidad de preservar un orden internacional regido por normas. El problema es que esas normas no aparecen cuando más se las necesita. Las reglas acordadas en Naciones Unidas, en teoría iguales para todos, muestran una y otra vez su incapacidad para regular de verdad las relaciones entre los Estados. No porque el derecho internacional sea inútil, sino porque solo rige mientras no estorba a los intereses de los más fuertes.

En el papel, el derecho internacional promete algo valioso: que los países, al aceptar libremente ciertas reglas, queden luego obligados por ellas, propias del derecho privado, pero que desde ese momento se comportarían como las leyes dentro de un país: obligatorias y exigibles. Su promesa civilizatoria: reducir la violencia, establecer límites, permitir un acceso más equitativo a los beneficios del orden global.

En la práctica, sin embargo, esa promesa choca permanentemente con otra lógica: la del poder económico y militar, que decide cuándo la ley se aplica y cuándo se suspende.

Esta tensión no es nueva. América Latina la conoce bien. Por eso, desde hace algunos años, volvió a discutirse la idea del no alineamiento: una política exterior que busca no subordinarse automáticamente a ninguna potencia, recuperando el espíritu de los países no alineados durante la Guerra Fría, esta vez como no alineamiento activo. Entonces, ese espacio fue vital para que proyectos de transformación social pudieran existir intentando no quedar atrapados entre bloques imperiales.

Esto constituyó un aspecto central del pensamiento de Salvador Allende. En su posición latinoamericanista, se buscaba el espacio que permitiera respirar a apuestas de transformación socialista sin que se confundiera con incorporarse al bloque comunista u oriental y frente a la agresión sistemática que ya se ejercía desde los Estados Unidos.

En ese contexto, cualquier reparto del mundo en esferas de influencia era visto – con razón – como una amenaza directa a la soberanía. Para América Latina significaba, y sigue significando, ser reducida a una reserva de recursos destinada a alimentar las necesidades industriales de los países dominantes. Lo que antes se llamaba “desarrollo”, hoy se reconoce con mayor claridad como colonialismo o imperialismo.

Esa comprensión del poder internacional explica por qué, incluso desde posiciones que no compartían todas las estrategias revolucionarias, hubo apoyo a movimientos que buscaron romper órdenes institucionales cerrados a cualquier cambio. No por una fascinación con la violencia, sino por el reconocimiento de una realidad incómoda: cuando las élites cierran todas las vías de transformación, terminan empujando a otros a buscar caminos más duros. No es una contradicción; es realismo político.

Hoy, el discurso del “mundo basado en reglas” vuelve a quedar en evidencia como lo que muchas veces ha sido: propaganda. En su lugar, reaparece una verdad escalofriantemente honesta: no existe un mundo basado en reglas, sino “un mundo basado en mis reglas”. Las del que tiene el poder suficiente para imponerlas.

Por eso Venezuela importa. No porque allí esté en juego, como se repite mecánicamente, la democracia o los derechos humanos, sino porque se juega algo mucho más estructural: el control de recursos estratégicos, especialmente el petróleo, en un momento crítico para la economía estadounidense. El acceso a esa energía no solo alivia problemas inmediatos, sino que sostiene al dólar, a los mercados financieros y a la credibilidad de una deuda gigantesca.

Nada de esto niega los problemas internos de Venezuela: la concentración de poder, la corrupción, las tensiones propias de su historia política. Pero reducir la situación a eso es una forma de ocultar lo esencial. La pregunta de fondo es otra: ¿qué lugar le queda a América Latina después de esta primera acción directa sobre el subcontinente, anunciada sin pudor por la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos?

La denominada doctrina Donroe – una actualización explícita del viejo principio del “patio trasero” – confirma que la defensa directa de los intereses norteamericanos en la región sin “corrección política” vuelve a ser prioridad. En paralelo, la presencia de China y Rusia, especialmente a través de los BRICS, había abierto un margen inédito para América Latina: más opciones, mejores condiciones de negociación, una posibilidad real de no alineamiento activo.

Ese margen parece hoy estrecharse peligrosamente. Los hechos en Venezuela sugieren un acuerdo tácito de reparto, donde parte o posiblemente toda la región vuelve a quedar bajo tutela directa, con una pérdida evidente de soberanía. Ello pudiera haberse compensado con otras zonas de conflicto abierto o en tránsito de serlo como Ucrania y Taiwan. Si eso se consolida, los grados de libertad para las políticas latinoamericanas se reducen drásticamente.

Por eso la falta de una respuesta clara de las potencias emergentes no es una buena noticia, aun cuando nadie desee una escalada global. Cuando un embajador chileno afirma que compartimos valores con los Estados Unidos, los hechos se encargan de desmentirlo con mayor elocuencia que cualquier discurso.

Lo que ocurra en Venezuela no es un problema ajeno. Anticipa, con claridad, lo que puede venir para otros países de la región. No solo en términos éticos, sino políticos: en los límites concretos de lo que será posible imaginar, decidir y construir como proyecto nacional.

Como escribió John Donne, nunca preguntes por quién doblan las campanas.

Doblan por ti.

Por: Jaime Bravo / Jorge Coulon

Jaime Bravo es presidente de la Corporación Encuentro Ciudadano. Economista con formación en técnicas de gobierno y estudios en psicología. Asesor de instituciones públicas y privadas en Chile y a nivel internacional en planificación situacional y desarrollo de organizaciones. Escritor y ensayista en áreas de pensamiento crítico, economía, estrategia y análisis de distintas dimensiones de la realidad nacional.

Jorge Coulon es músico, escritor y gestor cultural. Miembro fundador del grupo Inti Illimani. Ha publicado Al vuelo (1989); La sonrisa de Víctor Jara (2009); Flores de mall (2011) y recientemente En las cuerdas del tiempo. Una historia de Inti Illimani (2024).

Fuente: Globetrotter

Ilustración: Anne Derenne

Last modified: 07/01/2026

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