Lo que Álvaro García Linera llamó en este mismo medio un “tiempo liminal” se caracteriza, entre otras cosas, por ser un momento de aceleración histórica, en donde las tendencias se disparan y los hitos se agolpan. Según la conocida paráfrasis del pensamiento del revolucionario ruso Vladimir Illich Lenin, “hay décadas en las que no pasa nada, y hay semanas en las que ocurren décadas”. La frase atribuida al líder bolchevique se refiere a coyunturas revolucionarias, pero la misma lógica aplica a las épocas signadas por la reacción. Por eso, hacer –y procesar– un racconto del 2025 latinoamericano y caribeño se vuelve tan difícil como necesario.
Economía: una planicie con pocas mesetas
Al igual que en 2024, este 2025 fue otro año de estancamiento económico, con una tasa de crecimiento baja, en torno al 2.4 por ciento según la CEPAL, con un pico aislado en el Gran Caribe, explicado principalmente por los fabulosos descubrimientos hidrocarburíferos y la inversión extranjera en la Guyana de Irfaan Ali (explicable también por variables netamente geopolíticas vinculadas al diferendo territorial con Venezuela por el Esequibo y a la búsqueda norteamericana de multiplicar las “cabezas de playa” en la sub-región, como veremos más adelante). La inflación, por su parte, uno de los talones de Aquiles de América Latina y el Caribe, retrocedió respecto a los momentos más álgidos de la pandemia y la Guerra de Ucrania, pero continúa siendo alta (superior al 7 por ciento de promedio regional), operando aún como lo que en otro texto llamamos un “desorganizador colectivo”.
Un dato duro de la realidad es que la estructura productiva subyacente no se modificó en la región en el ciclo progresista de comienzos de siglo, por lo que seguimos siendo un área económica sumamente dependiente y volátil, sometida a los vaivenes –a veces auténticos vapuleos– en los términos de intercambio y los precios de la materias primas. El mecanismo de integración económica más asentado, el MERCOSUR, no ha quedado al margen del enorme hiato ideológico que separa a los mandatarios en ejercicio en el Cono Sur ni tampoco a los procesos de radicalización extremista. Por otro lado, la brecha tecnológica con los países avanzados, cada vez más profunda, amenaza con volverse abismal en tiempos de grandes avances en robótica, semiconductores, computación cuántica, inteligencia artificial, movilidad eléctrica y otras tecnologías de punta.
En este escenario preocupante, la buena nueva son los desempeños económicos positivos en los –escasos– oficialismos de izquierda remanentes. La Colombia de Gustavo Petro creció por encima de la media regional, con una inflación que ha descendido claramente desde los picos de 2022 y una recuperación constatable en el empleo. El reciente aumento del salario mínimo apuntala el proceso sostenido de reducción de la pobreza y la pobreza extrema. Los resultados, palpables, son el fruto de un reformismo continuado y consecuente en los rubros laboral, previsional y agrario que ha sabido eludir, con alianzas y el recurso a la movilización popular, el cerco parlamentario.
Pero las mejoras regionales más significativas se deben a que los dos gigantes de América Latina, México y Brasil, ambos bajo el gobierno de coaliciones progresistas, han reducido la pobreza con una política de aumentos al salario mínimo y con la transferencia directa de ingresos a los sectores más vulnerables, así como por las mejoras en el mercado laboral y la desaceleración de la inflación. De este modo México explica el 60 y Brasil el 30 por ciento de la reducción de la pobreza en toda la región, con cifras similares en lo que hace a pobreza extrema.
Aún a costa de ingresos bajos y parcialmente no salariales, en Venezuela se produjo una evidente recuperación económica tras la fase más aguda de la guerra híbrida, liquidando, entre otros, los viejos problemas de desabastecimiento. Esta realidad fue apuntalada por el relajamiento relativo de algunas medidas coercitivas unilaterales, por el impulso a la producción local (sobre todo alimentaria), así como por las posibilidades de recostarse en una geopolítica tendencialmente multipolar, por ejemplo a la hora de redirigir las exportaciones petroleras hacia China y otros países. Sin embargo, en este 2025 regresó el fantasma de la inflación (aunque lejos de los antiguos picos hiper-inflacionarios inducidos), mientras que el bloqueo marítimo decretado por Donald Trump a la economía petrolera amenaza con volver a estrangular la principal fuente de divisas del Estado.
En los gobiernos ultra-neoliberales, el alineamiento geopolítico no parece otorgar a cambio ventajas económicas manifiestas: lejos de los tiempos expansivos de la vieja Alianza para el Progreso, la inversión norteamericana en la región se mantiene estancada o bien se define en función de una racionalidad estrictamente económica, y no por simpatías ideológicas, que no pusieron a nadie a salvo de los impactos del francotirador arancelario.
Así, los mayores flujos de inversión extranjera directa se derivaron hacia países aparentemente comunistas como el México de Sheinbaum, el Brasil de Lula, el Chile de Boric y la Colombia de Petro. Frente al “área de exclusión” decretada contra China y Rusia no parecen ofrecerse alternativas de interés a las clases dominantes vernáculas, que se debaten entre sus antiguas lealtades y sus negocios actuales: como el perro del hortelano, el gran hegemón no invierte en su “patio trasero”, pero tampoco quiere dejar a otros invertir.
Ni la Argentina de Milei, ni el Ecuador de Noboa, ni El Salvador de Bukele, ni el Panamá de Mulino, ni los otros gobiernos extremistas de la región pueden jactarse de una economía estable y pujante. Al contrario, acompañan la última fase de las políticas de ajuste estructural en curso con una inversión sostenida en mayores niveles de represión y securitización de la vida pública para compensar, con más garrote, las cada vez más escasas zanahorias.
Como balance, 2025 no varió en nada una tendencia de larga duración: América Latina y el Caribe sigue siendo la segunda región más desigual del planeta, amén de permanecer altamente vulnerable frente a shocks externos, con economías reprimarizadas, dependientes y sobreendeudadas, pero ahora con el aliciente de menores niveles de integración que hace 10 o 20 años.
Política: retroceso progresista y fragilidad extremista
En términos político-electorales, el 2025 fue un año fatídico para las izquierdas, los progresismos y los soberanismos de la región. Es cierto que es difícil separar la tendencia –económicamente explicable por lo antedicho– de castigar a los oficialismos, del hecho fortuito de que en general fueron los progresismos los que debieron en este ciclo ratificar la continuidad de sus respectivos gobiernos.
Contra la tendencia general, el año empezó con tres revalidas. En Ecuador, el primer pulso entre alineados y no alineados de la era Trump terminó dando en abril –aunque empañada por denuncias de fraude– una contundente ventaja al candidato conservador Daniel Noboa frente a la Revolución Ciudadana representada por Luisa González. En el mismo mes el oficialista Partido Unido del Pueblo, de tendencia socialdemócrata, se impuso también en las elecciones generales de Belice. En abril fue el turno de las generales en Trinidad y Tobago, en donde el Congreso Nacional Unido de la Primera Ministra Kamla Persad-Bissessar se alzó con la victoria; sin ser un partido de raigambre conservadora, su segunda gestión consumó un giro notable en su política exterior, colocándose bajo el paraguas de la nueva estrategia hemisférica de los Estados Unidos.
Luego siguieron cuatro importantísimos reveses para los oficialismos del espectro progresista y de izquierda en la región. Con Evo Morales proscrito y un proceso autofágico desatado en el seno de las izquierdas bolivianas, agosto y octubre dieron la victoria a una derecha local –si bien, en principio, en su vertiente menos extremista– que abrió ya las puertas a una auténtica vendetta clasista y racista de las viejas élites blancas y oligárquicas contra el andamiaje del Estado Plurinacional, los pueblos indígenas y las conquistas del antiguo proceso de cambio. Entre noviembre y diciembre vimos despeñarse también, con más penas que glorias, al último puntal del liberal-progresismo latinoamericano encarnado en la figura de Gabriel Boric, en lo que fue una aplastante victoria del candidato neo-pinochetista José Antonio Kast contra la candidatura de la ex Ministra de Trabajo Jeanette Jara.
Aunque pasaron desapercibidas, noviembre fue también el mes de las elecciones generales de San Vicente y las Granadinas, en donde el izquierdista Ralph Gonsalves y su Partido de la Unidad Laborista, protagonistas destacados del último ciclo integracionista en el Caribe insular (y no sólo allí, dado que “el camarada Ralph” llegó a desempeñarse como presidente pro tempore de la CELAC) vieron llegar a su fin una hegemonía político-electoral de nada menos que 24 años de duración. La última catástrofe, aún en desarrollo, es el opaco proceso electoral que se está desarrollando en Honduras, en donde una autoridad electoral dividida y que enfrenta numerosas denuncias de fraude, anunció en Navidad que el candidato vencedor sería Nasry Asfura, ungido como favorito por un Trump que incidió activamente en la campaña. El gobierno de Xiomara Castro no reconoció los resultados y exige el recuento de los votos (basado sobre todo en las irregularidades en los registros biométricos), en un conflicto que no hará más que agudizarse de cara a la fecha prevista –el 27 de enero– para el traspaso de mando.
Otros dos procesos electorales que merecen ser comentados por su significación regional, fueron por un lado el importante triunfo legislativo obtenido por el gobierno de Javier Milei en las elecciones legislativas del mes de octubre, así como la derrota de la consulta popular impulsada por Noboa en Ecuador en noviembre, lo que dio por tierra –al menos legalmente– con la intentona de reformar la Constitución de Montecristi y proceder al despliegue de tropas norteamericanas en el país (algo que de facto ya está sucediendo).
Un indicador que quizás ayude a explicar en parte este panorama de desolación, es la relativa inactividad de las clases populares organizadas en partidos, sindicatos y movimientos sociales, al menos si lo comparamos con el ciclo de estallidos sociales y grandes movilizaciones más o menos espontáneas del período 2018-2021, con epicentros en Chile, Ecuador y Colombia, y con importantes ecos en Haití, Honduras, Bolivia, Perú y otros países de la región. Pero tampoco es que este poder haya sido transferido mágicamente al espectro derechista: con la clara excepción del bolsonarismo, son escasas las formaciones políticas ultraconservadoras capaces de hacer ejercicios callejeros de masas.
Otro detalle que debemos apuntar son las crecientes fricciones en el seno de la internacional reaccionaria, en particular en el radicalizado ecosistema de la Conferencia Política de Acción Conservadora: las ultraderechas, aunque bien financiadas y articuladas (y dotadas de no pocos intelectuales orgánicos), no dejan de ser expresiones muy heterogéneas y contradictorias en términos políticos, económicos e ideológicos. Quizás eso ayude explicar el culto pagano que rinden a Trump, el único vector de unidad en la extensa familia reaccionaria.
Es obvio que pese a lo antedicho no estamos, como en los años 80 y 90, en un momento de estabilización conservadora ni de irrevocable hegemonía neoliberal e imperial. Lo que prima es más bien la inestabilidad y la brevedad de micro-ciclos político-electorales que calzan más o menos intuitivamente sobre las tendencias económicas y geopolíticas de larga duración. Como sea, afirmar que “América Latina está en disputa” es una verdad de perogrullo, cuando de lo que se trata es de comprender los escenarios, las variables, los objetivos, los actores y las correlaciones de fuerzas detrás de dicha disputa.
Geopolítica: apatía integracionista y repliegue imperial
El 2025 fue un año de apatía integracionista. La última cumbre de la CELAC, sucedida en abril, fue casi el único hito del organismo hasta la reciente cumbre con la Unión Europea desarrollada en noviembre, en Santa Marta, también con discretos resultados. Pero fue la reunión de jefes y jefas de Estado la que escribió en piedra tres lúcidos diagnósticos que el año se encargó de confirmar. Xiomara Castro aseguraba entonces que “el mundo se reorganiza sin nosotros”, mientras que Petro reflexionó en torno a que “hemos perdido posibilidades por estar matándonos entre nosotros” y Lula da Silva vaticinaba: “Si seguimos separados [América Latina y el Caribe] corre el riesgo de volver a ser una zona de influencia en una nueva división del mundo entre superpotencias”. Ni la reorganización geopolítica, ni la nueva división del mundo, ni la disgregación y el fratricidio de la “familia americana” de la que hablara José Cecilio del Valle han detenido su curso.
Pero si fue un ciclo lánguido para el bolivarianismo, fue en cambio un año hiperactivo para el monroeismo resucitado, así como un periodo de ganancias netas y expectables para el complejo militar-financiero-industrial, que venció al movimiento MAGA en una lucha desigual en la que nunca tuvo ni la más remota posibilidad de vencer. Lo que los “aislacionistas” nunca entendieron es que para un gran hegemón su política exterior es política doméstica, y viceversa, y que la única forma de robustecer la base industrial estadounidense, relocalizar cadenas de valor, relanzar una economía totalmente financiarizada y atender las demandas de la base social trumpista, es a través de la vieja y confiable economía de guerra.
Por eso, si el nombre geopolítico del repliegue hemisférico es la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional, su nombre militar es la Operación Lanza del Sur, llamada, en los papeles, a combatir el narcotráfico y el terrorismo, pero orientada, en la realidad, a establecer un “área de exclusión imperial” a tono con el nuevo corolario Trump a la Doctrina Monroe.
Naturalmente, una “derecha sin complejos” como la de Trump habría de dar lugar a una geopolítica imperial igual de desacomplejada. Así, en este año se multiplicaron las declaraciones y las intervenciones en todo el hemisferio: la voluntad de anexionarse Groenlandia, las fricciones con el Estado vasallo de Canadá, las amenazas de bombardear a los carteles en territorio soberano mexicano, la presión contra Panamá y el retiro del país de la Nueva Ruta de la Seda, el chantaje financiero del Secretario del Tesoro en las elecciones de Argentina y el canje de deuda por soberanía, la incidencia descarada en las presidenciales de Honduras y la liberación del narcotraficante condenado Juan Orlando Hernández, el histórico acuerdo SOFA para la militarización del Paraguay, la complicidad con los últimos estertores de la descompuesta democracia neoliberal peruana, la defensa a capa y espada del clan Bolsonaro y las amenazas al poder judicial de Brasil, la silente remilitarización de la ciudad de Manta en Ecuador, las acusaciones de “narco-gobierno” y la “descertificación” de Colombia en la lucha contra las drogas, las incipientes propuestas de una suerte de nueva MINUSTAH en Haití, etcétera.
Esto sin contar el hecho más importante de todo el año, y quizás de la década que promedia: la histórica concentración de activos en el Gran Caribe, con hitos como el bloqueo naval a Venezuela, los actos de piratería contra embarcaciones petroleras, los asesinatos extrajudiciales, el desplazamiento del portaviones USS Gerald Ford, la gira del Comando Sur en el Caribe Oriental y la búsqueda de instalar tropas y radares en Antigua y Barbuda y Granada, los ejercicios militares en Trinidad y Tobago, el estrechamiento de relaciones con Guyana y el aumento de su presupuesto militar, la refuncionalización de bases en la antigua Zona del Canal y los ejercicios militares en el Darién panameño, el despliegue de aviones F35-B y otros activos en la colonia de Puerto Rico, el “alquiler” de bases aéreas en República Dominicana, las operaciones no declaradas en El Salvador, etcétera.
Como supo decir el ex Secretario de Estado Antony Blinken, “si no estás invitado a la mesa probablemente seas parte del menú”. El 2025 fue un año que arrimó, pero que no concretó, dos tendencias latentes: por un lado la eventualidad de un cierre hegemónico que dejaría a América Latina y el Caribe por fuera del reordenamiento multipolar, resituándonos ya no como polo, sino como una periferia cada vez más empobrecida, degradada, dependiente e intervenida. Y por el otro, el comienzo de un nuevo ciclo de intervencionismo militar directo con su secuela de guerras infinitas, esta vez ya no en África o en Asia Occidental, sino en la “zona de paz” de América Latina y el Caribe. Si como comensal o como presa, el futuro de la región aún está por escribirse.
Por: Lautaro Rivara. Sociólogo, doctor en historia y postdoctorante en la UNAM. Periodista y analista internacional especializado en geopolítica e historia de América Latina y el Caribe.
Ilustración: Enrico Bertuccioli
Last modified: 02/01/2026
