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En los últimos años mucho se ha hablado sobre la grieta que atraviesa la Argentina, pero ¿Qué grieta es esa? ¿Acaso una línea imaginaria que va de una punta a otra de la extensa geografía dividiéndonos?
La verdad, es que la grieta no atraviesa a la Argentina sino que, la Argentinidad está atravesada por esa Grieta. Ésta grieta está construida tan profunda, como la zanja de Alsina, el latifundio es el artífice, organizado en una sociedad que no es “ilícita” pero que consigue siempre violar todos los derechos: La Sociedad Rural Argentina. 
Los latifundistas ejercen un poder que es transversal que va de una punta a otra de ésta democracia representativa y no participativa; desde el fascismo conservador, que hoy se inscribe en la posición política que representa Cambiemos hasta el peronismo progresista del actual gobierno. Los terratenientes que ya no son sólo familias patricias, herederas de toda la sangre inocente derramada en el genocidio a las naciones indígenas, sino que ahora también se nutre del poderío de las grandes corporaciones transnacionales, y ricos famosos, que quieren poseer el mundo, son los que agrietan la vida de los pueblos y sus territorios.
La política criminal de despojo ha sido parte de la génesis de este Estado racista, de ésta República Colonial. 
Jamás ningún gobierno ha interpelado al latifundio, ni se han juzgado sus crímenes, el Estado argentino no tiene moral para acusar de usurpadores a los pueblos indígenas, ni de delincuentes a las familias criollas que desesperadas buscan una oportunidad en la tierra que éste modelo de “civilización” les ha arrebatado.
La grieta es entre el “campo” y la territorialidad de los pueblos, el campo del latifundio, sembrando enfermedad y fumigando muerte, y los pueblos indígenas recuperando territorios para recuperar un modo de habitar el mundo, en reciprocidad, respeto y amorosidad con la Mapu, Pacha, Tierra.
Una frase popular dice “no le prestemos ropa a quién ya tiene abrigo”, algo así sucede cuando sectores indígenas saltan a justificar con vergonzosa obsecuencia el accionar represivo de los gobiernos populistas, ¡estamos cometiendo un grave error! 
La lucha que nos legaron nuestros ancestros y ancestras, no se gana en las urnas con partidos políticos de turno, la lucha es profunda, es estructural, es revolucionaria, se trata del Buen Vivir como Derecho. Reducir los conflictos por la tierra a una mera disputa de propiedad, plantea la ignorancia política de quienes opinan impensadamente sobre nuestra lucha. 
El círculo de muerte gestado por los terricidas necesita de la existencia de las grandes ciudades, la urbanización de los territorios es el antagonismo del resguardo de ellos, las megas metrópolis son parte del problema, los íconos de la modernidad se han convertido en la aglomeración de enfermedades, son sociedades carroñeras, que devoran la vida de tierra. 
Mientras millones de personas se hacinan en las ciudades sin siquiera tener un techo estable y digno para sus familias, terratenientes como Bennetton concentran un millón de hectáreas. Esto es posible porque se nos ha convencido que la única manera de vivir es en la ciudad, nos han domesticado, y la derrota de nuestra dignidad se refleja en las luchas por migajas que le planteamos al sistema.
El integracionismo es resignación y muerte, la lucha de nosotras las mujeres indígenas por el buen vivir es una lucha por territorios liberados, para restablecer allí la reciprocidad, respeto y amorosidad con todas las formas de vida, es el compromiso de eliminar el terricidio de este mundo.
Cada recuperación territorial es un avance en la revolución ancestral, y cada desalojo una pequeña derrota que no nos doblegará.La tierra robada será recuperada, amada, cuidada y nunca negociada.

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Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir

Last modified: 31/10/2020

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