Feminismo

Sin Feminismo no hay agroecología

«Trabajo, cuidado y bienes comunes» han sido los temas centrales, además del título, de este III CIFA donde los aportes de la economía social y solidaria y la economía feminista estuvieron muy presentes siempre reformulados desde la vivencia decolonial campesina, afroamericana e indígena de las mujeres. 

III Coloquio Internacional de Feminismo y Agroecología en Recife, Pernambuco-Brasil

«Sin Feminismo no hay agroecología» ha sido, sin duda, el lema del III Coloquio Internacional de Feminismo y Agroecología (CIFA) que ha tenido lugar entre los días 8 y 11 de abril en Recife, capital del estado de Pernambuco, en el nordeste de Brasil, en el que hemos tenido la suerte de participar. Para nosotras, ha sido un aprendizaje conmovedor que queremos compartir. Sabemos que es imposible transmitir en palabras las emociones y, menos aún, hacer sentir lo vivido; pero no queremos dejar de intentarlo.

La fuerza que hemos sentido en el III CIFA es la del movimiento feminista agroecológico brasileño, en especial del nordestino, que resiste y construye alternativas de soberanía alimentaria frente a uno de los agronegocios más violentos del mundo. El protagonismo de las mujeres en la agroecología es habitualmente invisibilizado. En Brasil, la lucha feminista marca la diferencia y una seña de identidad de la agroecología brasileña es el protagonismo de las mujeres, como hemos visto en Recife. Las mujeres campesinas están organizadas políticamente en muy diversas organizaciones locales y nacionales entre las que destacan el Movimento de Mulheres Camponesas, el Movimento de Mulheres Trabalhadoras Rurais y las mujeres del Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra, actualmente integradas en La Vía Campesina junto a otras organizaciones y hacen red con otras organizaciones feministas y mujeres de la academia participando también activamente en la Articulación Nacional de Agroecología (ANA) y la Asociación Brasileña de Agroecología (ABA). Esta alianza agroecológica feminista de mujeres diversas, campesinas, universitarias y asesoras, todas compañeras de una misma lucha, nos ha acogido con los brazos abiertos a gente de cuatro continentes en un encuentro mágico e intenso, lleno de alegría, música, conversaciones, comidas, reflexiones, intercambios, grupos de trabajo, mercados campesinos, marchas, actos políticos, mesas de debate…

El III CIFA ha sido organizado por las compañeras brasileñas de una red local diversa y amplia de organizaciones campesinas y feministas, ONG y universidades. Ha tenido lugar en la Universidad Federal Rural de Pernambuco, en Recife. La mayoría de las participantes éramos mujeres y sobre todo campesinas. Menos de la mitad éramos investigadoras y asesoras activistas, de universidades y diversas organizaciones de la sociedad civil. Esta diversidad y el protagonismo de las mujeres campesinas marcan una gran diferencia con los coloquios académicos a los que estamos acostumbradas a asistir. En Recife, hemos participado en un auténtico «diálogo de saberes» del que tanto habla la agroecología y que tan difícil resulta llevar a la práctica en nuestro contexto.

El ambiente que se respiraba en el coloquio era el de un movimiento unido en una lucha común, con una visión compartida y solidaria, con ganas de avanzar y construir camino desde nuestra diversidad, que era mucha.   

Fue un coloquio lleno de energía, con debates ricos, con un lenguaje llano pero intelectualmente repleto de desafíos. Las mujeres agricultoras expusieron sus inquietudes y vivencias, así como sus reflexiones en torno a los trabajos presentados de los que eran protagonistas en diálogo con las personas investigadoras. A nosotras, como mujeres que trabajamos en universidades, el coloquio nos ha permitido compartir experiencias sobre las dificultades encontradas en los ambientes académicos, sobre todo para construir espacios cooperativos docentes y de investigación, fuera de las lógicas de la academia neoliberal, y relacionados con la agroecología y el feminismo. El ambiente que se respiraba en los grupos de trabajo y en general en todas las actividades del coloquio (mesas temáticas, comidas, cursos, plenarios, feria, marchas…) era el de un movimiento unido en una lucha común, con una visión compartida y solidaria, con ganas de avanzar y construir camino juntas desde nuestra diversidad, que era mucha. No sentimos allí esta parcelación que en el contexto europeo nos asigna un rol, del que apenas se puede salir, y donde cada rol tiene asignada una manera de hacer, unas actividades, que nos encorsetan. En Brasil, las mujeres indígenas y campesinas daban ponencias, los talleres eran dinamizados tanto por universitarias como por campesinas o asesoras, no estaba predefinido lo que le tocaba a cada una por el hecho de ser investigadora, campesina o integrante de una organización de la sociedad civil. Todas estuvimos juntas, compartiendo las mismas metodologías de trabajo, con nuestras distintas vivencias y lenguajes, todas bajo el mismo paraguas, la agroecología y el feminismo como objetivo a conseguir.

«Trabajo, cuidado y bienes comunes» han sido los temas centrales, además del título, de este III CIFA donde los aportes de la economía social y solidaria y la economía feminista estuvieron muy presentes siempre reformulados desde la vivencia decolonial campesina, afroamericana e indígena de las mujeres. Los testimonios de las asistentes y los estudios presentados han puesto en evidencia la persistencia de las dobles, triples y cuádruples cargas de trabajo que las mujeres soportamos en diferentes contextos y, en particular, en el contexto rural (campesinas, cuidadoras y luchadoras). Por ello, hemos reclamado, una vez más, la corresponsabilidad de los hombres en todas las tareas, tal y como se defiende desde la campaña por la división justa del trabajo doméstico que allí se presentó: «Direitos sao pra mulheres e homens. Responsabilidades tambén».

Otra cuestión central en el Coloquio ha sido el reconocimiento como trabajo de todas las tareas domésticas y de cuidados, así como la visibilización de todos los trabajos de las mujeres, en especial los relacionados con la alimentación. En este sentido, el proyecto brasileño «Cadernetas agroecológica», que registra los alimentos producidos, consumidos por las familias, vendidos, trocados o donados por las mujeres, ha recibido una especial atención como forma de valoración social de las producciones agroecológicas de las campesinas. También se compartieron experiencias frustrantes pero que mostraban todo el trabajo que queda por hacer si queremos construir una verdadera agroecología basada en la justicia social y la igualdad de género. Las desigualdades de género en el acceso a la tierra, las desiguales cargas de trabajo o las diferencias en la capacidad de participar en espacios de decisión fueron ejemplos prácticos que las mujeres encuentran en sus territorios y que dificultan el desarrollo de la agroecología.

El reclamo de «colocar la vida en el centro», que propone la economía feminista de la ruptura y que implica de forma implícita salir de la lógica mercantil y del trabajo, estuvo también muy presente. En el debate sobre los cuidados se mezclaban de forma natural el cuidado de los territorios y el cuidado de las personas reivindicándose continuamente una economía social y solidaria centrada en la «sostenibilidad de la vida», otra de las propuestas de la economía feminista. Los bienes comunes se discutieron vinculados a la defensa y cuidado de los territorios desde una perspectiva decolonial. Este tema fue central en los testimonios personales y en las investigaciones de los conflictos de extrema violencia del agronegocio contra el campesinado y los pueblos indígenas que son expulsados de sus tierras y ven como son asesinadas muchas de las personas que luchan por ellas. El territorio es vivido en su más amplia acepción, incluyendo el agua, las semillas, las plantas, la cultura, en definitiva, todo aquello que allí vive. La cultura y la ancestralidad son las herramientas contra el imperio en un proyecto necesariamente decolonial que permita a los pueblos construir su futuro desde la reivindicación de su pasado y de los conocimientos asociados, los cuales son, a su vez, indispensables para construir agroecología.

Si una cosa quedó clara en el coloquio, es que sin las mujeres no se puede construir agroecología. Los conocimientos ancestrales y actuales de las mujeres campesinas para el manejo agroecológico de los agroecosistemas y los saberes culinarios de las mujeres en todo el mundo son imprescindibles para garantizar sistemas agroecológicos. En definitiva, la agroecología será feminista o no será.

Por: Marta Rivera, Cátedra de Agroecología de la Universitat de Vic / Marta Soler, Universidad de Sevilla

Fuente: www.biodiversidadla.org

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