Panamá

Recordando a la Alondra del Ancón

Amelia es un icono de nuestra decisión de resistencia, de nuestra estirpe rebelde y de nuestra confianza en un Panamá mejor.

Un 16 de julio, pero del año 1911, muere en Managua, Nicaragua, la poetisa panameña Amelia Denis de Icaza. Al cumplirse el centenario de su nacimiento, el primero de mayo de 1936, sus restos, repatriados ya, fueron depositados en el Cementerio Amador. Había transcurrido un cuarto de siglo de su lamentable desaparición física en el país hermano. El primer rector de la Universidad de Panamá, que había sido fundada un año antes (1935), el doctor Octavio Méndez Pereira, fue uno de los distinguidos para escoltar el féretro que trajo a nuestra Amelia hasta ese sitio, a esa Amelia inmensa, que nos legó el poema que la llevó directo al Parnaso inmortal de la Patria.

Amelia es un icono de nuestra decisión de resistencia, de nuestra estirpe rebelde y de nuestra confianza en un Panamá mejor. Por eso ningún tributo a su memoria es exagerado; lo que se impone hoy más que nunca, es renovar la admiración, el cariño y el respeto imperecederos, por una de las mujeres panameñas que a solo pocos años de nuestra separación de Colombia, avivara los sentimientos nacionalistas y patrios más nobles.

El poema al Cerro Ancón escrito en 1906 a la edad de 70 años y que nace, en aquella alma enardecida ante el ultraje de conocer su tierra invadida por soldados extranjeros, constituye una pieza invalorable de amor a la tierra donde se nace y que puede, sin duda alguna, ser considerado nuestro segundo himno nacional.

La Alondra del Ancón, como también se le conoce a doña Amelia, no es quizá una de las más depuradas poetisas panameñas; y es que le tocó, pese a su gran inteligencia y su profundo amor por el estudio, vivir en una época donde las mujeres solían enfrentar muchas limitaciones y no poco obstáculos sociales. Era un contexto donde el cultivo intelectual de ellas se consideraba irrelevante y que juzgaba además, que la misión principal de las mismas, consistía en atender el hogar y la familia. Pero aun así, toda la producción poética de Amelia Denis está marcada por una extraordinaria y fina sensibilidad, por una espontaneidad que asombra por el calibre de su agudeza y la sinceridad de sus sentimientos.

Tal vez el Cerro Ancón podría ser una elevación natural más de nuestro territorio. Tal vez solo sería el cerro que tendría un mirador para contemplar y auscultar desde aquí, los latidos de la ciudad mágica que allá abajo se estremece y agita. Sin embargo, quiso el destino que Amelia lo inmortalizara y sin pretender siquiera, se inmortalizara ella. Hoy, a cualquier panameño desde muy temprana edad, le resulta fácil establecer esa conjunción vital, esa historia común que discurre y se encuentra como en un torrente inagotable de identidad, ternura, misterio y patria, entre la poetisa y su cerro.

Amelia Denis de Icaza no es solo una de nuestras principales referentes patrióticas y una genuina representante de nuestra nacionalidad. Es además, un reflejo indiscutible del indoblegable espíritu nacional panameño. Porque aun cuando gran parte de sus poemas denotan hondas tristezas y evidentes signos de melancolías, no existe en ninguno un claro asomo de desfallecimiento o rendición. Era en síntesis, una mujer que toda su vida luchó incansablemente contra la adversidad y las injusticias que la sociedad le imponía.

Allí están como pruebas indelebles sus poemas ‘El Crimen Social’ y ‘Confesión y Protesta’. Sobre ella ha expresado la profesora Susana Richard de Torrijos en su trabajo ‘Amelia Denis de Icaza’: ‘Sin embargo, y esto debemos acentuarlo una vez más, Amelia de Panamá canta también a las glorias y miserias del diario acontecer; se rebela contra las desigualdades e injusticias sociales y contra los causantes de las guerras civiles que proliferan en Colombia, Panamá y Centro América, durante su existencia, que fue larga.

Inició nuestra poetisa nacional lo que hoy se conoce como poesía de lucha y protesta. Fue ella la precursora de la poesía social política en Panamá. Cuatro décadas antes de que poeta alguno se ocupara de loar a Victoriano Lorenzo (el primer guerrillero de América), ella lo hizo con estrofas potentes a principios del presente siglo’.

Amelia fue una mujer que amó intensamente a su Patria hasta el final de sus días. Un ejemplo sin duda, de arraigo a la tierra que la vio nacer y que casi dos décadas lejos, no pudieron debilitar en lo más mínimo. Sin dudas, las generaciones presentes y futuras de panameños tendrán siempre con Amelia Denis de Icaza, la Alondra del Ancón, una deuda de gratitud inmensa.

Por: Pedro Rivera Ramos
Gráfico: Francisco Peña Morán

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