Panamá

Dos palabras…

(Jorge) La palabra, Cebaldito, esa capacidad tan particular, ese fractal del poder de los dioses que poseemos los seres humanos. Hasta cambiar la realidad con una palabra precisa en el momento adecuado, podemos. Potencialmente magos con ella. Sanadores o brujos malignos, según. A veces pareciera que venimos a este plano para aprender a expresarnos bien.

Tú te has referido “a ella”, a la palabra.  Como cuando recordabas a la niña “que coleccionaba palabras que no conocía para prestarlas o regalarlas a un amigo, cuando éste las necesitase..” (Esos locos chiquitos: Luna Llena de septiembre 2018). O tu amigo Mani, renombrado chef kuna que en sus años mozos en Ustupo quiso ser médico tradicional “…para descubrir los secretos de las flores silvestres, de las plantas medicinales… [y aprender] a expresar la palabra exacta con la entonación adecuada para despertar en ellas los elementos que ayudarían a aliviar un dolor o a sosegar un alma.” (Comer, cocinar, sabrosear:febrero 2019)

(Cebaldo) Es cierto, la fuerza que tienen, las cosas que guardan las palabras. Dije en una vieja crónica que deberíamos abrir una clínica de Liricoterapias donde curanderos-poetas tras diagnosticar, recetasen palabras o versos. Las palabras curan. En mi aldea, como en miles de lugares del mundo, la poesía anda de la mano con la magia. Los medico-botánicos le cantan a las plantas pero también al cuerpo, en versos, en claves. Y las ancianas le cantan al nieto, a la nieta, historias para encantar, de animales y humanos.

(Jorge) Te propongo que cada quien hable de dos – solo dos – palabras favoritas. Para ti que tienes al dule gaya como idioma materno y dominas además el castellano, el ruso y el portugués, éstas deben contarse por decenas. Pero limitémonos a dos.

Te reirás: una de mis favoritas es “Inefable”. “Aquello que no puede ser dicho, explicado o descrito con palabras,” la define el diccionario. ¿Que por qué me gusta? Pierde gracia explicarlo: me gusta no más, pues. Algo tendrá que ver con lo valioso de no hablar de más. Lo necesario, lo apropiado al momento: suficiente. Me gusta también porque es cierto que este planeta está físicamente lleno de elementos y situaciones – para bien y para mal – que nos dejan sin palabras. 

(Cebaldo) Imagínate Coqui que hay un pueblo raizal en Australia que tiene una palabra precisa para nombrar el olor de la lluvia. Y otro en Vichada, Colombia, que tiene una para el deslumbramiento y la extrañeza desmesurada – casi el dolor – que puede producir la belleza en demasía.

Palabra… son tantas las palabras hermosas que hay, en tantas lenguas. Así como hieren, así como cuidan… Y sí,  me gustan muchas. Agua, abrazo, soledad, compañero, lluvia, mar, nostalgia. Pides solo dos y ya te hablé de una: Palabra.  

(Jorge) Tacto. Junto con el olfato, quizás el sentido más olvidado, realmente desatendido en las sociedades occidentales. “Tocar” sería quizás más a lo que me refiero. Los recién nacidos no podrían sobrevivir sin el tacto (de la madre sobre todo); bien administrado siempre es positivo: hasta milagroso. Los labios, la yema de los dedos, la punta de la lengua: ahí alcanza su plenitud. Atención que tenemos neuronas modificadas en las palmas de las manos. ¡Memoria tienen las manos, qué duda hay! Hasta podemos recordar una playa y sentir, muchos años después, cómo era la arena de esa playa cuando la agarrábamos a puñados – o como se sentía la textura de las rocas que afloraban en marea baja.

Ilustración de Ani M. Ventocilla King

Ilustración de Ani M. Ventocilla King

El tacto no tiene un órgano definido; viene a ser la piel. Unos dos metros cuadrados de piel tenemos en promedio: 3 kilogramos de peso. Y la parte más externa, la epidermis, la cambiamos cada 27 días. …A lo largo de la vida, escamita tras escamita, perdemos 20 kilos de piel. Su primera función es cuidar nuestro cuerpo: el tacto suele dar la primera alarma. La segunda es el sentir, que ya es bastante. Reaccionamos con el tacto a una variedad de estímulos – mecánicos, químicos, térmicos – cosa que en otros sentidos no sucede.

Mira qué interesante hermano: el sentido del tacto no está en la capa externa, la epidermis mentada, sino en la de más adentro, la dermis. “…El tacto nos enseña que la vida tiene profundidad y contorno”, decía mi viejo profesor de biología. He escuchado que hay quien puede “ver” los colores a través de la vibración que estos producen, percibidos por las manos. Y que por eso a José Feliciano, ciego de nacimiento, le gusta vestirse con prendas de color rojo.

(Cebaldo) Silencio. Cuando la pronuncias lo sueles hacer en voz baja… como que nos guía la palabra silencio… Una de las formas de decir silencio en dule gaya es boo. Y boo también quiere decir neblina o niebla; algo que llega tranquilo, suave, entrando por los ojos,  el cuerpo, la mente. Se va posando. Un silencio que abraza. Creo que muchas veces tenemos miedo al silencio, en este mundo de tantos ruidos. Y pensamos que no hay sonidos o “palabras”  que pueden llegar desde el silencio. Cuando observas a un dule, casi siempre a una persona mayor, a las abuelitas,  en  la hamaca, en un banco, en la cocina o en el patio; callados… Y si le preguntas qué estás haciendo, responden neg itosii, “sintiendo la casa”.  O sea, están meditando y conectados con el cosmos, ¡En un silencio cómplice con el mundo! 

(Jorge) Esa sentencia que de niños escuchábamos en las clases de religión y que nos dejaba como en un encantamiento… no entendíamos de qué diablos nos quería convencer el cura, pero tenía magia pura e indescifrable: “En el principio fue el verbo…” Bueno, vayamos aterrizando Cebaldo, para no hacerla tan larga.

Gastamos tanto tiempo y dinero a veces, buscando “un buen regalo”; y lo que la otra alma quisiera es tan solo una palabra precisa.

Y sí, hay una devaluación de la palabra en nuestros tiempos. De ahí la necesidad de resistir incluso desde ella. Escribía en estos días Víctor Krebs: “En manos de embusteros, la palabra devaluada asume el color de turno y cesa así la posibilidad de una auténtica comunicación más allá de las ideologías, los eslóganes, las campañas publicitarias… Despojado de su poder interior, arrojado a las mareas de la convención y la conveniencia, el lenguaje se vuelve superficial y hueco, capaz de funcionar movido solo por el cálculo y el interés.”

El mismo autor redondea su reflexión citando a un viejo conocido nuestro: “Aprendemos nuestras palabras – decía Thoreau – de nuestras madres, inconscientemente. Empezamos a hablar y a pensar con las palabras que aprendimos de nuestros mayores y a partir de las ideas de otros. Pero, para florecer en la vida, hay que nacer una segunda vez en el lenguaje, en el que conscientemente seleccionamos aquellas palabras por las que optamos, y eliminamos aquellas que ya no son nuestras, para poder hacernos responsables de lo que decimos y vivir así en un mundo en el que lo más importante sea acercarnos y comprendernos… ”  

“Pero, para florecer en la vida, hay que nacer una segunda vez en el lenguaje”

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Cebaldo Inawinapi y Jorge Ventocilla (luna de septiembre)

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